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La Guadalupana y el extraño caso de la multiplicación de las bolsas de basura.

julio 27, 2010

La Guadalupana y el extraño caso de la multiplicación de las bolsas de basura

Juan Antonio Le Clercq

Publicado en Misión Política de El Sol de México, martes 3 de febrero de 2009,

http://www.misionpolitica.com.mx/nota.cfm?id=980


Guadalupana

Mi hermana solía tener un problema que le amargaba el día al salir de su casa por las mañanas. La gente acostumbraba tirar su basura justo a la entrada del edificio donde vive. No estamos hablando de alguna lata de refresco, botes de plástico o papeles que pudieran ser arrojados ocasionalmente por los transeúntes, sino de bolsas y bolsas repletas de desechos que puntualmente aparecían cada mañana formando una montaña maloliente.

¿De dónde salía toda esa basura? ¿Cómo era posible que misteriosamente se multiplicaran las bolsas durante la noche para aparecer sin falta con cada nuevo día? Sus investigaciones la llevaron a descubrir que una buena parte de sus propios vecinos tenía la sucia costumbre de dejar bolsas de basura a la entrada de edificio cuando salían a la calle. El resto se acumulaba gracias a personas del vecindario que habían convertido en una práctica diaria el arrojar una o dos bolsas en su trayecto al trabajo.

Para mi hermana la situación era insoportable, además de tener que soportar el mal olor frente a su casa, encontraba especialmente desagradable el tener que presenciar el espectáculo de la montaña de bolsas, en ocasiones desparramadas por la acción de algún perro callejero buscando alimento, que noche tras noche se formaba gracias a la contribución anónima pero constante de sus vecinos.

Ante esta situación se planteó una disyuntiva: ignorar el asunto y cada mañana fingir que la desagradable montaña no estaba ahí o intentar hacer algo para evitar el deterioro de la imagen de su edificio aún cuando eso implicara dedicar tiempo y esfuerzos personales. Después de conversar con un grupo de vecinos que compartían su molestia, decidió actuar siguiendo una estrategia basada en el sentido común: convencer primero a sus propios vecinos de que dejaran de tirar basura a la entrada del lugar donde cohabitaban y posteriormente confrontar a las personas que había escogido ese lugar, por su puesto lejos de sus propias casas, como vertedero. Pero el sentido común es el menos común de los sentidos.

Lo que en principio implicaba recurrir al espíritu cívico de sus vecinos se convirtió en un calvario. Para muchos de sus vecinos la imagen, y por supuesto la limpieza de la entrada, eran unproblema francamente irrelevante ante la prioridad de deshacerse de forma sencilla y sin esfuerzo de su basura. Al llamado a no tirar las bolsas de basura a la entrada del edificio que habitaban en común, encontró muchas veces la misma respuesta: “¿Y qué quieres que haga con ella?”. La respuesta resultó más agresiva de parte de los extraños que tiraban cotidianamente su basura en ese lugar. Ocasionalmente la persona descubierta in fraganti se avergonzaba y se retiraba con su cargamento en las manos (para tirarlo seguramente en algún lugar menos vigilado). Sin embargo lo más común era encontrar miradas de desprecio y tener que escuchar ocasionales “te vale madres!!”. Pues a final de cuentas qué es lo que se creía esta chica entrometida, ¿que podía interponerse impunemente ante el inalienable derecho de cada uno a tirar la basura en casa ajena? Faltaba más. Dónde se ha visto tanta impertinencia!

Desarrollar cooperación para solucionar un problema compartido, aún entre personas que se conocen, no es una empresa sencilla y cuando se consigue organizar a un grupo en torno a un objetivo común, la dificultad para alcanzar la meta o la necesidad de dedicar tiempo y recursos suelen generar desánimo y por lo mismo la gente tiende a abandonar la causa y a esperar que sean otros quienes resuelvan las cosas. Muy pronto mi hermana descubrió que muchos de los vecinos que habían decidido unirse para erradicar la montaña de basura, estaban cansados ante imposibilidad de resolver el problema y optaron por no seguir insistiendo. Por alguna razón extraña, tal vez simplemente necedad, mi hermana convirtió el asunto en una cruzada personal y siguió insistiendo, ganándose con ello tanto la burla como en ocasiones el franco desprecio de algunos de sus vecinos.

Finalmente, y como producto accidental de una conversación circunstancial, alguien le recomendó la solución milagrosa (literalmente) a su problema: “coloca una imagen de La Guadalupana en el lugar donde la gente tira la basura y verás como aparece limpio todas las mañanas”. Mi hermana, que puede calificarse como escéptica ante los asuntos religiosos, estaba dispuesta a ir a bailar a Chalma si era necesario para quitarse de encima la montaña apestosa. A la primera oportunidad compró en un mercado una imagen enmarcada de La Guadalupana y la colgó del tronco de un árbol en el sitio en que cada noche se multiplicaba las bolsas. Y se hizo el milagro!!!!! El lugar amaneció limpio y continuó limpio los días siguientes.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? La conclusión parece ser que en tanto no puedes confiar en el civismo de tus conciudadanos siempre puedes recurrir a La Guadalupana. De hecho habría que pensar en sustituir los semáforos por guadalupanas que se enciendan y apaguen, en tapizar postes de luz con sus imágenes para evitar la instalación de “diablitos”, en obligar a los peatones a utilizar alguna prenda con su imagen para ganarse el respeto de los automovilistas e incluso en colocar a la virgen morena del Tepeyac en el Congreso para erradicar la plaga de tomas y asaltos a la tribuna. Lo que desgraciadamente ilustra la historia de mi hermana es la profunda bancarrota pública en que se ha sumido nuestro país: injusticia social, instituciones débiles, corrupción arraigada en todos los niveles y ámbitos de gobierno, violencia generalizada y ciudadanos sin compromiso cívico.

Detengámonos un momento a analizar en que consiste el acto de dejar tu basura en la puerta de un vecino. Esa persona se prepara para ir al trabajo, se baña y se arregla meticulosamente, porque nuestra sociedad tiene en alta consideración el aseo y arreglo personal. Cuando está lista para salir de su casa ya la espera una(s) bolsa(s) de basura y por lo mismo podemos deducir que su hogar está limpio y que toda la inmundicia acumulada durante el día anterior está contenida en esa(s) bolsa(s). Nuestra persona imaginaria valora altamente la limpieza de su persona y su casa. La existencia de la basura acumulada va en contra de su concepción de la limpieza, por lo mismo hay que deshacerse de ella lo más pronto posible, antes de que comience a oler mal, antes de que se acumule y se convierta en una fuente de bichos e infecciones.

Ahora camina por la calle con su basura y en cuanto encuentra la oportunidad la deja donde ve, indebidamente, acumuladas otras bolsas. Sabe que ese no es el lugar para tirar la basura, en este caso no hay ignorancia que sirva como excusa, y sin embargo la deja ahí y sigue su camino. A partir de ese momento ya no es su basura, es problema de otros: nuestra persona cumplió su objetivo, se mantuvo limpia a sí misma y a su hogar. ¿La basura en la calle? Ese no es asunto suyo, es esta ciudad tan sucia, la gente tan cochina, el gobierno que no funciona… El riesgo de contribuir a generar problemas sanitarios, de crear nidos de ratas o de deteriorar el espacio donde viven y transitan otras personas, no le incumben ni le preocupan, lo importante es que la basura despareció de sus manos. Los problemas que representa la acumulación de basura para quienes viven cerca de ese lugar son secundarios frente a la prioridad de deshacerse de la inmundicia generada en su propia casa. La limpieza e higiene del ámbito privado justifica en este caso el cochinero en el espacio ajeno.

La gente dejó de tirar basura a la entrada de casa de mi hermana porque se encontró frente con la imagen de La Guadalupana y no porque creyera que tirar basura en ese lugar fuera incorrecto o porque considerara una obligación el respetar el espacio común de sus conciudadanos. Su decisión de no tirar basura fue producto de su devoción o al menos del miedo a sufrir las posibles consecuencias de profanar un lugar protegido por una imagen sacra. Lo que no puede ignorarse es que en esta ecuación el respeto por su prójimo (su salud, el espacio donde transitan sus hijos, la imagen de su calle) fue igual a cero. Respetar el hogar de sus vecinos, ponderar qué es lo mínimo que nos debemos los unos a los otros como conciudadanos, no mereció ninguna consideración en su escala de valores. Y no lo mereció porque es irrelevante frente al problema privado de deshacerse de su propia basura: en otras palabras, para esta persona sus vecinos y conciudadanos valen menos que la necesidad de tirar la basura. Por cierto, tema para reflexionar: ¿Una persona puede ser realmente devota cuando no contempla en su vida diaria el respeto por su prójimo?

En su libro La sociedad decente, el filósofo Avisai Margalit hace una distinción entre dos tipo de sociedades: la sociedad decente y la sociedad civilizada. Una sociedad decente es aquella en la que las instituciones no humillan a las personas, mientras que una sociedad civilizada es aquella en que las personas no se humillan entre sí. El debate sobre la transformación de la vida pública mexicana se ha centrado fundamentalmente en la necesidad de establecer las bases de una sociedad decente. En gran medida la transición democrática mexicana implica transformar las instituciones para que no humillen a las personas, para que su relación pase de súbditos y clientes a ciudadanos. Esta ha sido una batalla larga, difícil y que está lejos de ser ganada: el Estado no es capaz de garantizar la seguridad y la integridad de la vida y la propiedad de los mexicanos; la corrupción sigue determinando la relación ciudadanos-autoridades y en forma creciente se ha develado la colusión de funcionarios de diferentes niveles de gobierno con el crimen organizado; los derechos humanos no son plenamente respetados; millones de personas nacen en condiciones de desigualdad que son imposibles de superar en el curso de varias vidas… La lista de pendientes en la construcción de una sociedad decente parece no tener fin.

Sin embargo, en el ámbito de la sociedad civilizada no tenemos mejores cuentas que entregar. Somos una sociedad indiferente a nuestra obligaciones cívicas, en la que las relaciones entre ciudadanos más que mejorar parecen deteriorarse cotidianamente. Con actos aparentemente inocuos como dejar mi basura en casa del vecino o arrojarle el coche al peatón porque llevo prisa, demostramos que la dignidad del otro, de nuestro conciudadano, no es un principio central en nuestra escala de valores. Y lo que es realmente grave es que si bien una sociedad no es democrática cuando las instituciones humillan a las personas, la democracia tampoco es posible donde no existe el respeto mutuo que nos debemos como conciudadanos, cuando mi necesidad de tirar basura es más importante que la dignidad de mi vecino.

Me preocupa escuchar este tipo de anécdotas porque me habla de una profunda erosión en la calidad de nuestra vida pública. Cuando los ciudadanos no entienden como un valor el no humillar al otro, tampoco son capaces de afirmar sus derechos ciudadanos ante las autoridades y de asumir sus responsabilidades cívicas. Implica de hecho una renuncia voluntaria a la ciudadanía democrática. Una sociedad en la que los ciudadanos se humillan entre sí es una sociedad entregada a la arbitrariedad de instituciones indecentes, desarticulada e incapaz de reaccionar para exigir rendición de cuentas y calidad en la toma de decisiones, pero mucho menos para indignarse ante la injusticia y para demandar el respeto para quienes son y han sido vulnerados.

La democracia mexicana es una democracia amenazada desde muchos frentes, el más grave de ellos es la renuncia de los ciudadanos a asumirse como tales.

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